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LA FENICE Revista

REFLEXIONES SOBRE LA MUSICA

REFLEXIONES SOBRE LA MUSICA

    Muchas personas realizan un primer acto sencillo, como es el de sintonizar la radio, al levantarse por la mañana. Por ella nos llegará a nosotros la música.

    Probablemente entremos a una cafetería y encontremos una máquina de discos que nos ofrezca música.

    En los grandes almacenes encontraremos música ambiental. En estaciones y aeropuertos nos sucederá lo mismo.

    En la televisión, como fondo de comentarios se escucha música y así indefinidamente, en muchos momentos de un día cualquiera, escucharemos música, sea de la clase que sea.

    Todos estos ejemplos son, por decirlo de alguna manera, de actitud involuntaria o indirecta, ya que nos llega la música sin una predisposición clara a recibirla, al menos con atención. La asistencia a conciertos, no importa si rock o clásicos, la reproducción de grandes obras clásicas por cualquier medio, la audición de canciones ligeras, la practica de la interpretación de obras con cualquier instrumento, son otros de los muchos ejemplos que ponen de manifiesto que nuestro contacto con este maravilloso arte, que es la música, es casi constante. Estamos “inundados” de música.

    Y es que la música es una característica del siglo XX, debido en gran parte a la gran expansión que fonógrafo, radio y televisión han producido. La música se ha convertido en el arte más poderosamente masivo de nuestro tiempo.

    Pero esta presencia tan generalizada de la música en nuestra cultura ha producido un cierto desinterés hacia su estructura. Su audición en las circunstancias mencionadas anteriormente se efectúa en muchos casos de una forma un poco inconsciente, sin prestar la atención que requiere el conocimiento  de una obra en profundidad.

    Por otra parte, la reproducción electrónica de la música, aun siendo indiscutible que ha generado la difusión de autores y obras de otras épocas, ha creado como contrapartida un notable alejamiento de la ejecución directa, en vivo. Al cine le esta sucediendo algo semejante; los videos han hecho disminuir considerablemente la asistencia a las salas de proyección, que es donde realmente se presenta cualquier película, con todos los valores que posee.

   De todas formas es evidente que día a día la música en general va calando más y más en las personas y aunque con muchos reparos, eso es bueno.

   Antes de analizar otros aspectos me apresuro a aclarar que todos los comentarios los refiero a la música clásica, esa que llaman culta los que quieren distinguirse de alguna manera. Cualquiera diría que el Jazz o el flamenco son incultas. De eso nada.

   Simplemente me refiero a la clásica porque era mi objetivo y porque de las demás no entiendo nada, o mejor dicho, entiendo menos todavía.

   Siempre se ha dicho –y creo que con razón- que las comparaciones son odiosas, pero necesito hacerlo para poder llegar hasta la pregunta que tantas veces me he hecho a mi mismo; ¿Por qué en cualquier libro de texto de historia del arte, no aparece la música? Pintura, arquitectura, escultura, todas tendrán un tratamiento más o menos acertado, pero sin embargo la música a lo máximo que aspirara es a una reseña biográfica de unos cuantos genios y nada más. Supongo que cada cual tendrá su respuesta personal a esta pregunta.

   La arquitectura, la pintura, etc. Necesitan de un soporte material para existir. Sin ese soporte no serian nada. Las obras se realizan una sola vez y ahí y así quedan para siempre, mientras no desaparezcan materialmente. La música es bien distinta, sólo existe en el momento de ser interpretada. Se desarrolla a través de un tiempo, el tiempo de interpretación, el tiempo que suena ante nosotros. Presenta una DISCURSIVIDAD.

   También el cine, el teatro, la danza, presentan esta discursividad, pero la música de forma más absoluta, si cabe. Puede prescindir del espacio soporte incluso.

   Otro aspecto que la distingue de las demás artes es el hecho de que por ejemplo, la poesía, la literatura, necesitan de nuestra participación para existir, necesitan ser penetrados por nuestra atención, mientras que la música es ella la que penetra en nosotros. Lógicamente esta ausencia de apoyos materiales para su exposición la hace más compleja a la hora de buscarle la propia esencia. Cuantas veces hemos oído decir “Es que la música clásica es muy difícil”, “Es que la música clásica no la entiendo” y es por este motivo, porque o encuentras la esencia o te quedas sin nada. Para penetrar en ella hay que despojarla de todas las cosas que puedan rodearla y quedarnos con la esencia de la composición.

   También es un aspecto diferenciador de casi todas las demás artes la posibilidad de interpretación. Mozart escribió obras geniales y todas ellas pueden ser interpretadas de múltiples formas a cual de ellas mejor –y peor también, por supuesto- . El cuadro más maravilloso que pueda existir sólo se pinto una vez y ya no podemos tener otra posibilidad de recrearlo: es así y siempre será así.

   En cuanto al nivel musical en nuestro país, no hace falta ser un lince para darse cuenta de que es paupérrimo y probablemente por el tipo de enseñanza, por la estructura de la enseñanza. Los conservatorios – la verdad es que no se lo que conservan- por falta de medios, quizás, están estructurados de forma que la posibilidad de contacto profesor-alumno es muy poca. Unos minutos semanales han de ser suficientes para formar a un pianista o un violinista. El resto será pura mecánica en casa, con estudios muy repetitivos. En los conservatorios no se enseña música; se enseñan una colección de asignaturas, las más de las veces inconexas que hacen que cuando un alumno termine la carrera de cualquier instrumento lo más probable es que no entienda de música y sin duda alguna porque no habrá “entrado” en ella. La habrá “utilizado”, “manipulado”, “empleado” para conseguir el cada día más difícil aprobado.

    Es lamentable que alumnos con la carrera terminada, o estudiantes de los últimos cursos no conozcan obras fundamentales de su propio instrumento.

    Si nos referimos a nuestro régimen de enseñanza, el B.U.P. en concreto, consideraremos que solamente en 1º curso aparece una asignatura bastante raquitica, de 2 horas semanales llamada música y que da la sensación de que ha sido puesta porque “daba vergüenza” que no apareciese en los planes de estudio y eso de cara a Europa no era presentable. Los medios con que cuentan los profesores de esta asignatura no son los más idoneos. Un aula sin condiciones acusticas, un mal giradiscos, una colección de discos “con muchas horas de vuelo” y 40 alumnos hablando sin prestar atención no es precisamente el ambiente ideal para disfrutar de la música. Si a esto añadimos un profesorado en ocasiones improvisado y sin condiciones –lo digo con el máximo respeto-, ya que se les obliga a impartir materias que desconocen, comprenderemos la forma tan exquisita con que los alumnos odian la música clásica al acabar el curso. Muchos profesores que jamas han escuchado una sola pieza de música clásica, han de inculcar amor a la misma. Demencial.

   Toda esta serie de incongruencias, me hacen recordar una conversación que escuché a dos alumnos momentos antes de un examen de música, intentando repasar el mismo. Uno de ellos preguntaba al otro: ¿9ª sinfonía de Dvorak?. El otro respondía: “Ustedes son formidables”.

   Claro está, la sintonía del celebre concurso de Alberto Olivares era el 4º movimiento de la citada sinfonía y de esta forma recordaban la pieza musical.  No creo yo que a ninguno de los dos alumnos le dejasen los Reyes Magos un disco de Dvorak.

   Como contraste a este triste –aunque pueda hacer sonreír a más de uno- suceso, recuerdo con extraordinario cariño la sensación que me produjo el hecho de que en un final de curso en el Instituto “Kaiser-Friedrich-Ufer” de Hamburgo, la orquesta de alumnos interpretase obras del mismísimo Mozart.

   ¡Un instituto de 450 alumnos tenia una orquesta propia de 60 plazas!

   Aquí seguramente podríamos aspirar a una buena charanga, indisciplinada tal vez. Soy así de pesimista.

   ¿Soluciones? No las hay, al menos a corto plazo. Para que un arte tan supremo cale en las personas hacen falta generaciones y todo ello si se trabaja seriamente. No se puede, de la noche a la mañana, tener una cultura musical aun contando con grandes medios materiales, que tampoco es nuestro caso.

   Lo que si es bien cierto es que para llegar a esa cultura musical, a comprender y disfrutar de la música, es necesario amarla a la vez que se estudia y solo así podremos “hacer” música cuando tengamos un instrumento entre las manos. Un músico sin una técnica extraordinaria puede ser capaz de decir algo en música; por el contrario un gran técnico si no comprende la obra que ha de interpretar jamas transmitirá nada a los oyentes.

   Un consejo, si me lo permiten. Acérquense a la música clásica: es sencillamente maravillosa.

 

 

                     Mario Gomis Segarra. EL NOSTRE INSTITUT 1987

 

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